Cosas que hacer en Nueva York por la noche bajo 18

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Führer Trump: el presidente más obsceno emerge de las cenizas demócratas. La desigualdad se aproxima a niveles de los años 30, los demócratas se han hecho defensores del sistema que victimiza a su base electoral. Tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del lobyy militar y de Silicon Valley.

2016.11.13 14:37 EDUARDOMOLINA Führer Trump: el presidente más obsceno emerge de las cenizas demócratas. La desigualdad se aproxima a niveles de los años 30, los demócratas se han hecho defensores del sistema que victimiza a su base electoral. Tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del lobyy militar y de Silicon Valley.

Álvaro Guzmán Bastida
http://ctxt.es/es/20161109/Politica/9431/elecciones-EEUU-victoria-Donald-Trump-Alvaro.htm
"El Apocalipsis ha sucedido. Donald Trump ha ganado las elecciones. Pero, sobre todo, ha perdido el Partido Demócrata. Se enfrentaba a un candidato que había fracturado a su propio partido e insultado a más de la mitad del electorado; a un multimillonario con oscuras conexiones mafiosas, que ha despedido a su equipo de campaña tres veces durante la misma. Los demócratas tenían el apoyo de Wall Street, de la prensa, del establishment político y militar, de Silicon Valley, Robert de Niro, Michael Moore, Jay-Z, Beyoncé y Bruce Springsteen. Y han perdido con estrépito. No solo la Casa Blanca, sino prácticamente todo el poder del Estado: desde el legislativo –en el que los republicanos van a contar con una cómoda mayoría en ambas cámaras— al judicial, donde Trump nombrará al sustituto del fallecido Antonin Scalia y posiblemente a otros dos jueces, pasando por el poder en los estados federados, de los cuales los republicanos controlan 31, por 18 de los demócratas.
¿Cómo es posible? En los ocho años de gobierno de Obama, se han terminado imponiendo dos características aparentemente contradictorias, que solo analizadas en su conjunto ayudan a arrojar luz sobre el enigma del fracaso demócrata: se trata de la arrogancia y la obsesión por el consenso.
La arrogancia demócrata.- Los demócratas han desplegado una descomunal arrogancia, al menos en dos sentidos. Para empezar, han sido soberbios con su base política tradicional: la clase trabajadora. Lo viene denunciando Thomas Frank, cuyo libro Listen, Liberal está escrito como una desesperada advertencia a los demócratas, y hoy debería ser de lectura obligatoria como manual de instrucciones para la autopsia del cadáver. La arrogancia de clase de los demócratas, documentada exhaustivamente por Frank, que sostiene que el partido se ha convertido en el representante de las élites de profesiones liberales, tiene que ver con un cálculo electoral fundamentado en otra arrogancia: la demográfica.
Los New Democrats abandonaron, ya en los 80 pero de manera decisiva con Bill Clinton, al electorado trabajador blanco que había fundamentado sus mayorías, porque creyeron que el país iba en otra dirección. En poco tiempo, los profesionales liberales de sueldos altos (médicos, ingenieros, agentes de bolsa, economistas…) pasaron de ser el segmento de población más fiel al Partido Republicano a abrazar con igual entusiasmo a los demócratas.
Por la misma avenida por la que circulaban los profesionales liberales, pero en la dirección opuesta, desfiló la clase obrera blanca que anoche hizo presidente a Trump. La arrogancia demográfica consistió en dar por hecho que el agujero electoral que dejaban los trabajadores blancos lo iban a ocupar, con creces, las minorías. Thomas Edsall, veterano periodista de The New York Times, The Washington Post y The New Republic,lleva décadas documentando el creciente desencanto de los obreros blancos con los demócratas, por los que, señala Edsall, se sienten abandonados en favor de los negros, los latinos o el colectivo LGBT.
Dados los flujos migratorios, y sobre todo las tasas de natalidad de diversos grupos, Edsall prevé que para 2043 los Estados Unidos sean un país ‘majority-minority’, en el que los blancos pasen por primera vez a ser minoría. Preparándose para ese momento, los demócratas, que nunca fueron un partido ‘de clase obrera’ pero contaban con los sindicatos para forjar mayorías, eliminaron la justicia económica de su programa y de su horizonte político, a favor de otras justicias. En los sueños de los estrategas del partido, un electorado más diverso, seducido por políticas amables con los derechos civiles, permitiría a los demócratas cuadrar el círculo, representando desde la ‘modernidad’ un bloque electoral que aunara a los ejecutivos de las empresas tecnológicas y a las negras lesbianas del Bronx. El tiempo les daría la razón. Pero la política no es demografía.
En 2008, Barack Obama se convirtió en el primer presidente negro de un país fundado sobre la esclavitud y la segregación racial. Pero, antes de ganar en las urnas, Obama había logrado otro hito: fue el candidato demócrata en recaudar más fondos de Wall Street para su campaña que su contrincante republicano.
Obsesión por el consenso.- Quizá para saldar sus deudas, Obama no tardó en nombrar para su equipo económico a la misma gente que había llevado al mundo al borde del colapso financiero en el año anterior a su elección. Como recuerda en su libro Frank, fue uno de los mayores gatillazos políticos de la era moderna: Obama llegaba a la Casa Blanca empujado no solo los vientos de un enorme entusiasmo dentro y fuera del país (¿recuerdan el Nobel de la Paz?) sino también por el descomunal enfado con las élites que habían estado a punto de hacer saltar el sistema por los aires.
Con mayoría absoluta en ambas cámaras, cuando podía gobernar como quisiera, Obama decidió ser el presidente del consenso. “La elección de personal es política”, reza un viejo refrán de la política estadounidense. Pero la querencia de Obama por desproveer de conflicto partidista a la política trascendió con mucho sus nombramientos para la Secretaría de Estado o el Consejo Nacional de Economía. Obama ofreció a los republicanos, que estaban en la UVI política, un ‘Grand Bargain’, dilapidando sus dos años de mayoría absoluta legislativa demócrata al buscar consensos imposibles en economía, su reforma sanitaria o el cierre de Guantánamo. La Derecha, maximalista por naturaleza, olió la sangre y no cedió ni agua.
Brecha blancos-negros.- Como señaló en 2011 el entonces corresponsal de The Guardian en EEUU, Gary Younge, “la brecha económica entre los blancos y negros ha aumentado desde que Barack Obama llegó al poder”. (La tendencia ha continuado durante sus ochos años de mandato). Younge añadía: “Bajo su presidencia, el desempleo, la pobreza y los desahucios entre los negros están en su niveles más altos en más de una década”. Younge, británico de raza negra y una de las firmas más clarividentes a la hora de entender la división racial en EEUU, sentenciaba: “Millones de niños negros pueden aspirar a la presidencia ahora que hay un negro en la Casa Blanca. Pero dicha trayectoria es menos probable para ellos hoy de lo que era durante el mandato de Bush. Ahí descansa lo que en el mejor de los casos es una paradoja y en el peor la gran contradicción de la base social que aupó al poder a Obama. El grupo que más le apoya –los negros— es al que peor le va bajo su mandato”.
Ese año vio florecer dos movimientos de protesta radicalmente opuestos, pero con un elemento en común. Tanto Occupy Wall Street como el Tea Party reclamaban un rechazo a las élites y una política de confrontación que Obama, estaba claro, no estaba dispuesto a ofrecer.
Mientras tanto, los republicanos escupían sobre el brazo tendido de Obama, negándole cualquier victoria ‘bipartidista’, y afilando los cuchillos para 2010. La estrategia funcionó a la perfección.
Desde la llegada de Obama a la Casa Blanca, tres de las cuatro últimas elecciones –2010, 2014 y ahora 2016— resultaron en debacles demócratas, otorgando cómodas mayorías a unos republicanos que extendían además su poder por todo el país a nivel local y regional.
Obama ganó en 2008 con 69,4 millones de votos. El martes, Clinton obtuvo 59,8. En 2008, los demócratas tenían un poder casi absoluto, y el mandato ciudadano para gobernar sin miedo a las élites. Ocho años después, con diez millones de votos perdidos por el desagüe, están desahuciados. La arrogancia y la obsesión por el consenso han matado al Partido Demócrata.
Rebelión blanca.- La presidencia de Obama está llena de sombras. Presume entre sus méritos del desarrollo del programa de drones, que convierte la guerra en un videojuego, y la instauración de reuniones semanales en el despacho oval en las que el Presidente repasa una ‘kill lists’ y decide a quién se va asesinar sumariamente y –quizá por aquello de honrar a la Academia Noruega— a quién no.
Pero Obama, que ha sido verdugo de muchos, fue también víctima desde su ascenso al poder de una campaña de racismo visceral, que le negaba incluso la legitimidad como presidente. Al frente de esa campaña se situó desde el principio un hombre de tez naranja y tupé platino, el ahora presidente electo Donald J. Trump.
Trump pasó años difundiendo rumores sobre la supuesta nacionalidad extrajera de Obama, agitando así la sombra del pasado racista de un país que tenía a su primer presidente negro. Fue así como el magnate fraguó su transmutación de bufón mediático de la telerrealidad más chusquera a la primera línea política. ¿Era Obama musulmán? ¿Acaso no sería keniano? Trump ya tenía en su historial importantes medallas al xenófobo: en 1989, pagó de su bolsillo para pedir, en anuncios de prensa a toda página, la ejecución de un grupo de menores negros acusados de violar a una banquera blanca. (Aunque los jóvenes terminaron saliendo absueltos e indemnizados por los perjuicios que la ciudad de Nueva York les causó, Trump nunca se disculpó, y sigue manteniendo en público, hasta una semana antes de las elecciones, que los jóvenes eran culpables y tendrían que haber sido ejecutados, lo que hubiera sido ilegal, ya que el estado de Nueva York había eliminado la pena de muerte cinco años antes del crimen).
Cuando Obama se vio obligado a hacer pública su partida de nacimiento, que dejaba claro que llegó a este mundo en Hawaii, Trump se anotó el escarnio público como una victoria personal. Los racistas ya tenían su mesías.
El partido del ‘establishment’.- Pero Trump nunca hubiera llegado a la Casa Blanca si solo fuera el mesías de los racistas estadounidenses, figura que sigue ostentando, pero insuficiente para lograr casi sesenta millones de votos. En un momento en el que la desigualdad se aproxima a niveles de los años treinta, y en el que la Universidad de Princeton declara que los Estados Unidos no son ya una democracia, sino una oligarquía, el partido progresista ha logrado situarse en el imaginario colectivo el defensor del sistema que victimiza a la que un día fue su base electoral.
Para coronar tamaña proeza, el partido eligió a la candidata con más lastre, menos capacidad de ilusión, y probablemente menos conectada con los problemas de la clase trabajadora de su historia: Hillary Clinton. Eran las elecciones del tiempo político abierto por el Tea Party y Ocuppy Wall Street. Los demócratas tuvieron su oportunidad para presentar a un candidato más acorde con los anhelos de la clase trabajadora: Bernie Sanders. La desaprovecharon.
Durante la campaña, Hillary Clinton jugó a empatar un partido que reclamaba encerrar al adversario en su área. Agobiada por los numerosos escándalos que le rodean, rehuyendo el papel de mujer política en un panorama en el que los Estados Unidos podrían haber elegido a su primera presidenta, Clinton y su partido no han sido capaces de ofrecer nada más que ‘más de lo mismo’.
Al Partido Demócrata le toca hacer penitencia y refundarse. El liberalismo corporativo inaugurado por Bill Clinton ha muerto con la derrota de su mujer, Hillary, en las urnas. Habrá voces entre los demócratas que aboguen por un giro a la derecha, por mostrar una cara más dura en inmigración (¿más dura que la de una administración que ha deportado hasta agosto 2,8 millones de inmigrantes, más que ninguna otra en la historia del país?), por ejemplo. Se equivocarán. Los demócratas tienen dos años para ilusionar a su electorado antes de las elecciones de mitad de mandato de 2018. Solo es verosímil que lo logren recuperando la bandera de la redistribución económica.
China, China, China.- Trump, que perdió el voto popular, ganó la presidencia por el paupérrimo resultado de Clinton en los antiguos feudos demócratas del ‘Rust Belt’, el cinturón industrial que era un histórico bastión demócrata. Pero su victoria va más allá. Se entiende todavía mejor si se superpone al mapa de la desindustrialización del país, que ha visto cómo se cerraban en masa minas, fábricas, no solo en Ohio y Pensilvania, o West Virginia, sino también en estados de la región de los Apalaches, como Carolina del Norte, el Medio Oeste, como Iowa, o el Sureste, como Louisiana.
Cuando Trump hablaba obsesivamente de China y México en sus mítines y echaba en cara a Clinton la firma del tratado comercial NAFTA durante los debates, sabía lo que hacía. Estaba activando la pulsión de un electorado que se siente, en palabras de Arlie Russell Hochschild, la autora del otro libro de lectura obligatoria para el momento, extranjero en su propia tierra.
Una vez más, llegó primero el abandono de ese electorado por parte de los demócratas y solo después –-décadas después— el triunfo de Trump en esos feudos. Es una historia conocida, y que no entiende de fronteras: pregúntenselo al Partido Socialista francés o a los laboristas británicos, que tienen en Marine Lepen y Nigel Farage a sus Trumps particulares. Como ellos, Trump utiliza el comercio como subterfugio para afrontar los verdaderos problemas de sus sociedades. Son tan estadounidenses los ricos que deciden producir lo que venden en China como los trabajadores que se quedan sin empleo con la deslocalización de la producción. Pero hincarle el diente a esa contradicción supondría hablar de clase, cosa que los demócratas no hacen desde… Bernie Sanders.
¿Uno de los nuestros?.- Observar la victoria de Trump desde el Nueva York cosmopolita y liberal, y a través de medios como The New York Times o The New Yorker ha sido como ver hundirse al Titanic desde los ojos del director de la orquesta. Las élites liberales no entienden qué ha sucedido. Viven en un país que les es ajeno, como los protagonistas del libro de Arlie Russell Hochschild. La campaña de Clinton y sus aliados en la prensa han pasado meses, acusando –con razón— a Trump de ser un evasor de impuestos, un demagogo racista, un misógino depredador sexual. Le han comparado con Hitler y Mussolini. Y, sin embargo, ahora se apresuran a encontrar un “tono conciliador” en su discurso de la victoria. Clinton, que no dio la cara hasta 24 horas después de la derrota, habló de “respetar el proceso”, y de “la obligación” de aceptar el resultado. ¿No habíamos quedado en que si ganaba Trump llegaba el fascismo a América? ¿Van a hacer Hillary Clinton y el Partido Demócrata de comparsa del ascenso del Führer Trump, que ni siquiera ganó en votos, sino gracias a la disfunción decimonónica del sistema electoral estadounidense?
¿En qué quedamos? ¿Advenimiento del fascismo o todos somos un equipo? Ambas cosas no pueden ser. (Trump pareció devolver el favor por adelantado: si en campaña había prometido hasta la saciedad que nombraría un fiscal especial para meter a Clinton en la cárcel por su supuesta corrupción, en la noche electoral se apresuró a felicitarle (¿por la derrota?) y a dejar claro que tiene con ella una enorme “deuda de gratitud”. Democracy in America.
Bonus y víctimas.- Al Trump que pedía como un energúmeno el certificado de nacimiento de Obama y al que ha llegado a la presidencia de la mano de la promesa de devolver el trabajo a los estadounidenses los une un vector: el miedo al otro. La xenofobia ha ocupado un lugar central en la vida y obra de Donald J. Trump, así como en su campaña electoral. Cuando se presentó, en junio de 2015, lo hizo acusando a los mexicanos que cruzan la frontera de ser violadores, criminales, traficantes de drogas que venían a sembrar el caos en EEUU. Los momentos más calientes de sus mítines eran los que dedicaba a prometer la construcción de un muro en la frontera o la prohibición de entrar en el país a los musulmanes.
Muchos ponen en duda que vaya a implementar ahora dicho programa. Es imposible saber si lo hará. Pero, aunque quisiera frenarlas, ha puesto en marcha fuerzas xenófobas con su retórica incendiaria que serán difíciles de frenar. Si Trump –-como es predecible— no es capaz de contentar al electorado de la clase trabajadora empobrecida al que tanto ha prometido esta campaña, lo lógico para su supervivencia política sería que recurra a la estrategia que mejor le ha funcionado en campaña: la de buscar chivos expiatorios entre los más débiles, léase los negros, los latinos, las mujeres, el colectivo LGBT o los musulmanes. A ellos no les debe nada.
La mañana posterior a la victoria de Trump, una emisora de radio neoyorquina conectaba con la puerta de las oficinas Goldman Sachs, donde "el sentir era sombrío". Acto seguido, el locutor daba paso a un joven trabajador de la firma, cuyo rango no identificó.
“¿Cómo están viviendo un momento político de tanta incertidumbre para la nación?” espetaba el reportero.
"Nos preocupa el descenso que van a sufrir nuestros bonus", declaraba el joven. Solo en esta campaña, Hillary Clinton recibió 945.744 dólares en donativos individuales de trabajadores de Goldman Sachs.
Pocos minutos después, llamaba al mismo programa el profesor de un colegio en Long Island, al Norte de Nueva York. Contaba que la mitad de sus alumnos, guatemaltecos y hondureños en su mayoría, no habían ido a clase. “Sus padres son indocumentados”, contaba con la voz rota. “Tienen miedo”."
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2016.11.09 13:26 racortmen Como se vota en EEUU?..

Seguramente muchos sabrán tanto o mas de esto, lo pongo como información para desconocedores del tema.
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Lo que parece es que allí no tienen reparos en preguntar de todo, marihuana, pena de muerte, preservativos en el porno etc aquí se huye de eso no vaya a ser que salga lo que no les gusta.
Persisten leyes muy antiguas, el voto popular elige a 538 electores que a su vez eligen al presidente que necesita al menos 270 electores.
Cada Estado tiene un numero de electores diferentes, basta tener una pequeña mayoría de votos populares para que se adjudiquen todos los electores a ese candidato, realmente en votos directos Trump no ha superado en mucho a Clinton.
Habrá muchas explicaciones para lo ocurrido, yo no me sentaría ni con uno ni con otro a tomar una cerveza, la gente se escandaliza del Trump racista, sectario, misógino, xenófobo, con un mal body lenguaje, grosero, faltón, lleno de excesos, bien pero nadie habla de la Hillary belicista, a mi me parece una muñeca diabólica, algunos demócratas habrán echado de menos a Berni Sanders.
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COMO SE VOTA EN EEUU?
El sistema electoral americano es complejo y singular. Muchas de las leyes son antiguas y a día de hoy no se han modificado. Por ello, entre otras cosas, se vota en martes, hay que estar registrado y lo que más choca es que el voto popular no elige al presidente. El candidato más votado en las elecciones de Estados Unidos puede no mudarse a la Casa Blanca. Aquí explicamos algunas claves de los comicios presidenciales que se celebran este 8 de noviembre.
¿Por que se vota en martes?
Las elecciones siempre son el primer martes después del primer lunes de noviembre. Es por una ley del siglo XIX, de cuando la agricultura tenía un papel preponderante en la sociedad americana, la gente se desplazaba en carruajes y a caballo y sólo podían votar los hombres blancos. Para estas fechas, la cosecha había acabado, aún hacía buen tiempo y así no coincidía con la festividad de Todos los Santos para los católicos.
Además, se eligió el martes para que los hombres se pudieran desplazar hasta el punto de votación sin problemas. Así si tenían que salir el día antes, no lo hacían en domingo, día sagrado y de oración para los cristianos. Y el fin de semana se descartó porque los judíos guardan el sabbat y los cristianos el domingo.
Ha habido varias iniciativas para cambiar esta ley y que la votación no sea en un día laborable y lectivo, pero todas han fracasado.
¿Qué es el colegio electoral?
El voto popular no elige al presidente ni al vicepresidente de forma directa. Desde hace 229 años lo hace una institución llamada colegio electoral, integrado por 538 electores o compromisarios de todos los estados. Esa cifra es igual al total de senadores y congresistas (100+435) del país norteamericano, y los tres representantes del Distrito de Columbia, ubicado en la capital.
Cada estado tiene el mismo número de compromisarios que parlamentarios. Salvo Maine y Nebraska, todos los estados adjudican el total de compromisarios a quien gana el voto popular. El sistema se llama Winner takes all. Sólo esos dos estados los reparten de forma proporcional y por distritos. Los estados con más compromisarios son California (55), Texas (38), Florida y Nueva York (29), Pensilvania e Illinois (20) y Ohio (18).
El candidato que tenga 270 compromisarios será el próximo presidente. No siempre quien gana el voto popular es elegido presidente. Ha pasado ya cuatro veces, el último caso fue el de Al Gore y George W. Bush en el año 2000. El candidato obtuvo más votos, pero se quedó en 266 compromisarios después de perder Florida por un margen estrechísimo. Puede haber electores desleales, pero hasta ahora en la historia nunca un compromisario desleal ha determinado la elección de un presidente. Este año hay uno del estado de Washington que ya ha dicho que no votará por Clinton, que previsiblemente se llevará el estado norteño.
Si ningún candidato suma 270 electores, será el Congreso quien elija al presidente y el Senado al Vicepresidente. La Duodécima Enmienda de la Constitución de Estados Unidos, aprobada en 1804, así lo establece.
Los republicanos gozan actualmente de una holgada mayoría en la Cámara de Representantes (247 frente a 188), por lo que la elección de Trump, incluso con alguna disidencia interna, parece un hecho.
¿Cuando habrá próximo presidente?
Tras las elecciones, los compromisarios del colegio electoral se reunirán el lunes que sigue al segundo miércoles de diciembre, este año el día 19, en los parlamentos estatales y votarán. Después los votos certificados se envían al Senado, donde se ordenan sin abrirlos por orden alfabético y se guardan en dos cajas de caoba. El 6 de enero el Congreso se reunirá en sesión conjunta para hacer el recuento y se declarará un ganador, que será investido presidente el 20 de enero.
¿Qué y cuáles son los estados bisagra?
Nevada, Iowa, Ohio, Carolina del Norte, Pensilvania y Florida son los estados más determinantes de cara a la elección del próximo presidente. También se conocen como swing states o battleground states. Estos estados no tienen un claro candidato como favorito y por ello Clinton y Trump se han centrado en ellos en la recta final de la campaña. Pueden decantar la balanza a favor de republicanos o demócratas y son los estados a los que hay que estar atento la noche electoral.
¿Qué se vota en el Senado y en el Congreso y qué importancia tiene?
En 2014 hubo elecciones parlamentarias y los republicanos tienen mayoría en el Congreso, o Cámara de Representantes, y en el Senado. La relación de fuerzas puede cambiar en las próximas elecciones. Además de la presidencia, también hay en juego 34 escaños de los 100 que componen el Senado y los 435 congresistas de la Cámara de Representantes.
Esa mayoría republicana ha impedido que Obama pueda desarrollar del todo algunas políticas, como acabar con el embargo a Cuba, tipificado por las leyes estadounidenses. Ello ha llevado a grandes donantes del Partido Republicano que daban la batalla de Trump por perdida, o que simplemente se negaban a apoyarlo, a financiar carreras de otros políticos al Senado y Congreso para afianzar y retener la fuerza parlamentaria aunque Clinton sea la próxima presidenta.
Los demócratas tienen la esperanza de recuperar el control de la Cámara Alta, algo que harían con cinco senadores más.
¿Cuál es la simbología del Partido Republicano y del Partido Demócrata?
El elefante es el animal oficial de los republicanos, mientras que el asno es el símbolo no oficial de los demócratas. Los emblemas adoptados en el siglo XIX representan la fuerza y la inteligencia (elefante), así como la humildad y el coraje (asno). Ambos símbolos los popularizó el caricaturista estadounidense de origen alemán Thomas Nast.
El azul representa a los estados federados de mayoría demócrata, mientras que el rojo simboliza a los estados en los que ganan los republicanos. El azul domina especialmente en el noreste y en el oeste, mientras que son rojos sobre todo el sur y el centrooeste.
El Partido Republicano, también conocido como Grand Old Party, aboga por rebajas fiscales, menos Estado y valores conservadores y religiosos. Actualmente tiene la mayoría en la Cámara de Representantes. George W. Bush (2001-2009) ha sido hasta ahora el último presidente republicano.
El Partido Demócrata es uno de los dos grandes partidos de Estados Unidos. Hasta la fecha ha colocado en la Casa Blanca a seis de los 12 presidentes de la posguerra. En comparación con los republicanos, los demócratas son más bien liberales de izquierda y tienen sus bastiones electorales sobre todo en el noreste y en la costa del Pacífico.
Además de Hillary Clinton y Donald Trump, ¿qué otros partidos y candidatos se presentan?
Además de los dos partidos del sistema tradicional bipartidista de Estados Unidos, demócratas y republicanos, también se presentan a las elecciones el Partido Libertario, con Gary Johnson como candidato, y el Partido Verde, con Jill Stein; además de otras formaciones minoritarias como el Partido por el Socialismo y la Liberación, con Gloria de la Riva como candidata.
En Utah se presenta el candidato independiente Evan McMullin, que es mormón y podría llegar a ganar –muchos sondeos le sitúan cerca de Trump– en el estado donde el 60% de la población confiesa esa fe.
¿Qué más se vota el 8 de noviembre?
Además de elegir parlamentarios y presidente y un nuevo Gobierno, y otras elecciones locales, aprovechando la elección de este martes habráreferéndums y otras votaciones y varios estados.
Los votantes de California, Arizona, Nevada, Massachusetts y Maine mostrarán su opinión sobre iniciativas estatales para legislar el consumo recreativo de marihuana. Por el momento, este uso del cannabis está permitido en Alaska, Washington, Colorado, Oregón y el Distrito de Columbia. Además, Arkansas, Florida, Dakota del Norte y Montana decidirán si aprueban el empleo de la marihuana con fines medicinales, un aspecto ya regulado en veinticinco entidades de la nación.
En California hay 17 propuestas que se votan. Además de la legalización de la marihuana, Destaca una sobre la pena de muerte y otra sobre el uso obligatorio de preservativo en los rodajes de películas porno. De aprobarse, la industria pornográfica amenaza con hacer las maletas y trasladarse a Florida.
También hay una sobre el precio de los medicamentos. Los electores podrán decidir si el estado debe negociar con las compañías farmacéuticas los precios de los medicamentos con receta que no sean superiores a los que paga el Departamento de Veteranos de EE.UU., un 25% más baratos de media. De los 115 millones de dólares invertidos en la campaña, 109 los han puesto las farmacéuticas contrarias a la medida.
Otra de esas iniciativas se refiere también a la pena capital. Los defensores de las ejecuciones, entre ellos asociaciones de policías y abogados, piden el apoyo a la “Pop 66”, que propone la aceleración de las ejecuciones, abreviar los procesos de apelación y reducir la cifra de recursos posibles para evitarla. Si resultan aceptadas las dos propuestas sobre la pena de muerte, de signo opuesto, ganaría la iniciativa que reciba la mayor parte de los votos.
Con la abolición de la pena de muerte, California podría seguir el ejemplo de 20 estados norteamericanos en los que ya se prohibieron las ejecuciones, en parte por decisión parlamentaria. Más de 2.900 hombres y mujeres esperan en Estados Unidos a ser ejecutados.
Colorado, con nueve, es otro de los estados que más propuestas presenta, dos de ellas muy controvertidas. Por un lado, los electores están llamados a aprobar el ColoradoCare, un sistema de asistencia sanitaria universal sin precedentes en el país y que tiene el apoyo del senador progresista Bernie Sanders. Por el otro, una propuesta que prevé legalizar la muerte asistida bajo determinadas circunstancias, como ya pasa en California, Oregón, Montana, el estado de Washington y Vermont.
Nueva Jersey, por su lado, lleva a las urnas la construcción de dos casinos que supondría el fin del monopolio en este campo de la decaída Atlantic City. Estados vecinos como Massachusetts y Rhode Island también decidirán sobre la construcción de nuevos casinos.
Desde hace siete años, el sueldo mínimo en EE.UU. fijado por el Congreso es de 7,25 dólares la hora. Es por eso que Colorado, Maine y Arizona votarán aumentarlo a 12 dólares la hora y el estado de Washington a 13,50. Dakota del Sur, por su lado, pretende rebajar en un dólar el sueldo mínimo de 8,50 para los menores de 18 años.
También en varios estados se votarán incrementos en el impuesto al tabaco: California 2 dólares por cajetilla, Dakota del Norte 1,76 dólares y 1,75 en Colorado, mientras que en Misuri compiten dos propuestas de 23 y 60 centavos. Aunque se aprueben las subidas, lejos quedan los 14 dólares que vale la cajetilla en Nueva York.
El estado de Washington puede pasar a la historia por un impuesto sin precedentes en EE.UU.: sus ciudadanos votarán un gravamen para las emisiones de dióxido de carbono, una medida inspirada en la vecina Columbia Británica (Canadá), que la implementó en 2008.
En Massachusetts pretenden prohibir que los animales de cría vivan en condiciones de “confinamiento” y en Colorado, dentro de su paquete de medidas progresistas, abolir de una vez por todas la “esclavitud” o “servidumbre involuntaria”, que hoy en día todavía contempla su Constitución para los presos.
Más allá de las 154 propuestas estatales, los ciudadanos de Washington, la capital de EE.UU., quieren dar luz verde a la redacción de una Constitución para el Distrito de Columbia como primer paso en su propósito de constituirse en el estado número 51, algo que eventualmente debería validar el Congreso.
Finalmente, además de las consultas estatales y la de Washington hay decenas convocadas a nivel local. Una de las más controvertidas es la que votarán diversas ciudades de California, como San Francisco, para fijar unimpuesto a las bebidas azucaradas. La industria de los refrescos ha invertido 30 millones de dólares a favor del “no” en esas consultas.
¿Hay que registrarse para votar?
El censo de Estados Unidos lo conforman los votantes registrados, no todos las personas que por su edad pueden ejercer su derecho a voto. El periodo y el modo de registro (puede ser presencial y online) es diferente en cada estado. En algunos estados se puede hacer el mismo día de las elecciones y muchos votantes ya están registrados en uno u otro partido. Los que no se decantan se registran como independientes, aunque no tienen la obligación de votar según el registro. Los plazos también varían en cada estado.
¿Se puede votar antes del 8 de noviembre?
Sí. Hay 37 estados que permiten el voto anticipado. Además, algunos de ellos permiten cambiar el voto emitido con antelación el mismo día de las elecciones en un punto de votación.
El voto anticipado apunta dos tendencias claras: los latinos acuden a las urnas con más pasión que en anteriores comicios, lo que beneficia a la candidata demócrata Hillary Clinton, pero los afroamericanos muestran mayor desgana, lo que favorece al republicano Donald Trump.
Según los últimos datos, para el 5 de noviembre casi 40 millones de estadounidenses habían depositado su voto, una cifra superior al total de algo más de 32 millones de votos anticipados de 2012.
¿Qué pasará con las cuentas presidenciales en las redes sociales?
Barack Obama ha sido el primer inquilino de la Casa Blanca presente en las redes sociales. La cuenta @POTUS (President of the United States), con sus casi 11 millones de seguidores, pasará al ganador de los comicios, al igual que la cuenta de Facebook e Instagram, y las cuentas de la primera dama y del vicepresidente Biden. Los tuits y los posts se borrarán y los que hay ahora pasarán a la cuenta @POTUS44, ya que es el presidente número 44 de Estados Unidos. Con lo que el próximo presidente tendrá a los seguidores, pero empezará de cero.
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